No articula palabra, no dice lo que piensa. No hace falta, sé lo que diría. Mientras fumo un cigarro le observo. En sus sueños quizás está pensando por qué no le dejo vivir.
“Esta noche será la última”. Pero no le creí porque “siempre vuelves”, dije.
Después de que le engañara de nuevo entre las sábanas, el Sol decidió que había que marcharse. Seguía sin creerle, ni él mismo se daba cuenta de que sus palabras no sonaban verdaderas. “Siempre vuelves”. Verle ahí, mirándome como si no lo hubiera hecho nunca, me hace replantearme si lo que estoy a punto de hacer es lo correcto.
Caminando, lloro como una niña. Me pertenece, me entrega todo lo que se puede dar y yo se lo pago envenenándole como si fuera una manzana de cuento.
Una ciudad triste, gris y desierta como si hubiera caído un bombardeo se abre paso ante mis ojos. Tal vez sí es una ciudad en guerra, una guerra que se libra entre su razón y mi cama, su deseo y mi desdén.
La lluvia mezcla la ceniza de un nuevo cigarro con la sangre que mancha las calles. Me muestra los restos de la batalla y los despojos del alma de un hombre moribundo. Como un general victorioso y sabedor de su poder, “siempre vuelves”, recordé.
Buenas tardes, damas, caballeros y demás fauna humana (o no). Con este relatillo de tiempos ha me presento.
Un beso enorme para todos